La decisión de invertir en finca raíz, debe siempre ser tomada muy cuidadosamente. Se deben considerar todos los factores que al cliente conciernan y afecten al inmueble, dependiendo del fin para el que sea requerido; tales como: la ubicación, el área (construida y/o no construida), las vías de acceso, los costos de administración, el estrato, el impuesto predial (hay municipios en los que el impuesto predial es más costoso que en otros), los servicios públicos, etc. Existen, incluso, factores que no son a menudo tomados en cuenta seriamente, como por ejemplo cuando un inmueble se encuentra ubicado en un sector de la ciudad en el que los humos de una planta de tratamiento cercana al sector, impregnan el inmueble de un olor desagradable, restándole valor comercial al mismo. Un ejemplo de lo anterior lo constituye la compra reciente de un lote en Piedecuesta que realizaron mis padres. Todo comenzó mientras vivíamos en Torres de Cañaveral II Etapa (7 años atrás), en un apartamento amplio y tranquilo, mis padres decidieron que era hora de ahorrar para comprar una casa: La casa que habían aspirado tener para vivir plenamente su vejez.
Laurita -amiga de infancia de mi mamá-, aconsejó la compra de un lote para la posterior construcción de la casa, ya que de esta manera se contaba con un plazo más prolongado para reunir la totalidad del dinero, y así se hizo.
En un inicio los lotes con un precio asequible se encontraban a las afueras de Bucaramanga, mas específicamente en Pidecuesta. En ese momento (año 2000) un lote de 800m² tenía un valor de aproximadamente 60 millones de pesos, pero teniendo en cuenta que mi hermano y yo no habíamos salido del colegio y el trasporte era un aspecto que preocupaba a mis padres, no se realizó la inversión. Aún así no nos detuvimos en la búsqueda del lote adecuado.
Hacia el año 2005, cuando mi hermano y yo ya teníamos claro en dónde y qué carrera estudiar, mis padres decidieron darle prioridad a la decisión de trasladarnos a una casa; pero en ese momento el valor de la finca raíz había aumentado a casi el doble comparado con el año 2000, este aumento de precios trajo una ventaja para nuestra situación, ya que el apartamento de Torres de Cañaveral fue vendido a un muy buen precio.
Durante los años posteriores vivimos en arriendo en un apartamento en la carrera 27, estando allá se le dio un tono más serio a la situación. Mis padres buscaron por medio de revistas, periódicos e Internet, opciones de lotes que fueran prometedoras y aparentaran satisfacer nuestras expectativas y fue de esta manera como nos involucramos todos en familia en la búsqueda del lote perfecto.
En el colegio de mi hermano, uno de sus compañeros acababa de mudarse con toda su familia a Terrazas de Mensulí un conjunto cerca al lugar de trabajo de mi papá, mi hermano se encargó de preguntarle si aún quedaban lotes y si era una buena inversión construir allí y posteriormente le dio las noticias a mis papás, quienes decidieron que teníamos que visitar el lugar para adquirir más información. En la visita que realizamos, visitamos 3 lotes diferentes. El primero -un lote muy alejado de la portería de entrada del conjunto- contaba con un área de 850m² y tenía un valor de 140 millones de pesos, este lote fue descartado por su lejanía a la portería, ya que para mi hermano y para mí sería bastante incómodo caminar 20 minutos en el sol después de una larga jornada en la universidad. La segunda opción que fue ofrecida por la agencia inmobiliaria que trabajaba allí en ese momento (no recuerdo el nombre) era un a casa construida cuyo valor era de 560 millones de pesos negociables lo que hacía imposible su adquisición, sin embargo, teniendo en cuenta la posibilidad de tomar un crédito, mis papás accedieron a visitarla, lo que ayudó a eliminar esta opción ya que la distribución de la casa no era la que teníamos pensada mis padres, mi hermano y yo. Finalmente nos fue ofrecido un lote de 110 millones de pesos que contaba, así lo decían las escrituras, con 780m². El problema se dio cuando -ilusionados por el precio y el área-, decidimos medir el lote, con la desafortunada noticia de que tan solo tenia 620m². Ante el engaño mis padres rechazaron la oferta de inmediato.
Tiempo después, en Vanguardia Liberal, salió un aviso de un lote en un conjunto llamado Mensulí Campestre, ese fin de semana mi hermano y mi papá estaban en la Mesa de los Santos, así que mi mamá y yo fuimos a ver el lote. Durante el trayecto fue imposible no darnos cuenta del mal estado de la vía de acceso al conjunto, además, la posibilidad de ampliación de la vía era notoriamente nula. Al llegar, un vendedor de nombre José nos estaba esperando en la portería, nos dio un recorrido por el conjunto y continuó mostrándonos los lotes que tenía para la venta. El primero, un lote de 600m² tenia un valor de 120 millones de pesos, y el segundo un lote de 700m² que limitaba con la zona social del conjunto Terrazas de Mensulí, el valor del lote era de 100 millones de pesos. Con éstas dos opciones y pensando en el mal estado de la vía consultamos con el resto de la familia, finalmente se desecho esta posibilidad.
Casi un mes después, en otro fin de semana, mis padres decidieron entrar a un conjunto llamado Bosques de Normandía, allí el portero les contó que tenían un lote en venta, así que mis papás decidieron recorrer el conjunto. En el recorrido encontraron casas muy bonitas y bien construidas, pero también se encontraron con casas en mal estado y unas que otras un poco “folclóricas”. Preguntando a los propietarios, se enteraron de que no había ninguna exigencia en la construcción de las casas, lo que les daba la posibilidad de construir la casa a sus antojos. Este toque de heterogeneidad le restaba valor a las casas que sí se habían construido con buen gusto, ya que al estar ubicadas en medio de casas que se habían construido bajo patrones dispares entre sí, la belleza de la casa no se iba a apreciar de la misma manera que al estar acompañada de casas más acordes con su estilo. Esto hizo que mis padres desecharan la opción de comprar en este conjunto.
Algún tiempo después, entre búsqueda, ilusión y decepción finalmente mis padres encontraron un lote en Hacienda San Miguel, un conjunto de casas ubicado en Pidecuesta. El lote de 700m² fue adquirido a un precio de 110 millones de pesos, dinero con el que mis padres contaban gracias a la fructuosa venta del apartamento.
Ahora la casa está en construcción y aunque ésta ha tardado más tiempo del presupuestado y los costos se han elevado al punto de tener que suspender la obra por falta de dinero, mis padres están contentos con las ventajas que ofrece el nuevo conjunto, como tanque de aprovisionamiento de agua, impuesto predial más bajo, seguridad y tranquilidad.
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